Extraño los amaneceres con el sonido del mar y el alegre vendedor de frutas haciéndose su día. Aquel calor que llega al corazón y reconforta el alma. Al repartidor de periódico venciendo la madrugada y los constantes gritos del vendedor de peto.
Extraño mi tierra y con ella mi hogar, las nubes azules de las que un día me enamoré. El dulce aroma de un atardecer en la bahía, la brisa que acaricia el presente y lleva impregnado el futuro.
Un ocaso al compás del son caribe, y vuelve la palenquera con su alegre interpretación de las cocadas y caballitos.
Poco a poco acababa el día pero quedaba la hermosa esperanza de volver a vivir y tener en tus manos todos esos recuerdos al salir del sol.
Así, un vendedor de frutas, un repartidor de periódicos, una palenquera son personas que tal vez nunca conocerás pero que dejara su mejor recuerdo en el día y la noche de esa bella ciudad.
Esa ciudad de caminos estrechos pero largos, de casas de colores y decoraciones exhuberantes, de grandes playas y bahias, de esa ciudad donde pasé los mejores momentos de mi vida y a la que hoy escribo con el anhelo de volver a recorrer, oler y tocar, llenar todos mis sentidos de su magia y de su gran calor.
Algún día volveré a sentarme tranquilamente en sus anchas playas y a detener el tiempo como solo allá se puede hacer.
Y fue así como le regalo la Margarita con un solo pétalo, para que nunca contemplara la posibilidad de que él no la amara.



